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Executive Protection Academy

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El Poder de la Contravigilancia: Lo que los Criminales Temen Más que las Armas

La contravigilancia es, sin duda, uno de los métodos más efectivos y menos empleados en la protección ejecutiva. A pesar de ser una técnica ampliamente conocida desde hace mucho tiempo, su potencial es prácticamente desaprovechado en las operaciones de protección ejecutiva.

Los recientes y lamentables atentados en la Ciudad de México respaldan este punto de vista. En ataques como el ocurrido en la casa de Norberto Rivera en 2018, el atentado contra el Secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch, en 2020; el empresario restaurantero Eduardo Beaven en 2021 y Gabriela Sanches y Ciro Gómez Leyva en 2022; las investigaciones posteriores evidenciaron que las víctimas habían sido objeto de vigilancia hostil por parte de criminales durante meses previos a la agresión, sin ser detectadas a tiempo.

 

Se sabe que un ataque a un ejecutivo dura solo unos instantes, pero la preparación para dicho ataque implica un proceso prolongado de observación y seguimiento al objetivo por parte de los delincuentes, que puede durar meses. La contravigilancia permite detectar y frustrar el ataque en esta fase temprana de observación, evitando así exponer al protegido a riesgos e incertidumbres asociados con la reacción.

La efectividad de la contravigilancia es ampliamente reconocida, incluso por los propios delincuentes. Olivera Ćirković, quien fuera miembro de la famosa banda internacional de los Pink Panthers, sostiene que nunca se sintió disuadida por agentes armados. Sin embargo, si durante la vigilancia previa a una víctima alguien se acercaba y tomaba nota de la matrícula de su vehículo, o la identificaba y preguntaba qué estaba haciendo allí, ella abandonaba inmediatamente a esa víctima..

Según sus propias palabras, la fase más crítica de un ataque, desde su perspectiva como delincuente, no era el momento de la agresión en sí, ya que, para entonces, la víctima había sido estudiada exhaustivamente, encontrándose distraída y en su punto de máxima vulnerabilidad. Por otro lado, los agresores atacaban con el factor sorpresa, ocultando su identidad con pasamontañas, usando vehículos robados y contando con otras ventajas en su favor.

Por esta razón, Olivera señala que el aspecto más crítico para ella no era la agresión final, sino el proceso prolongado en el que observaba y analizaba a la víctima. Durante este tiempo, no podía usar un disfraz, ya que llamaría la atención, y los vehículos que empleaba debían ser legales, lo que los hacía identificables. Su mayor temor era ser observada e identificada por alguien desconocido, a quien no pudiera ver ni saber de su existencia. De hecho, fue así como finalmente terminó siendo arrestada. En consecuencia, queda claro que los delincuentes de alto perfil temen mucho más a la contravigilancia que a las armas.

Si hubiera existido un sistema estructurado de contravigilancia en los casos previamente mencionados, los expertos en esta técnica habrían identificado la presencia de los criminales de la misma manera en que se hizo posteriormente, e incluso de manera más sencilla, ya que contarían con equipos en el campo. De esta forma, se habría neutralizado el ataque meses antes de su ejecución, evitando así pérdidas humanas.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿qué más debe suceder para que dejemos atrás las peligrosas fantasías sobre armas y reacción, y orientemos nuestras acciones en la protección ejecutiva hacia métodos de contravigilancia y alerta temprana, evitando de este modo la pérdida de vidas tanto de los protegidos como de sus protectores?

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