Capacitación en protección ejecutiva; un parque de diversiones.

La capacitación en protección ejecutiva podría ser, sin duda, considerada una actividad posmoderna, ya que en ella la fantasía y la imaginación prevalecen por encima de la realidad. Esta profesión es, también, probablemente la única en donde los protectores son entrenados en algo que quizá nunca van a emplear en su vida laboral, mientras que las cosas que se realizan, o se deben de realizar a diario, no forman parte de un currículum de estudios en la mayoría de las instituciones de capacitación.

Decimos que el entrenamiento de los escoltas es dominado por la “Falacia 95”, donde el 95 % del tiempo de la capacitación es dedicado a actividades que el 95 % de los operadores nunca van a realizar en su vida, y, si lo llegan a hacer, van a fallar en el 95 % de los casos, independientemente de su nivel de preparación.

El mercado de capacitación de esta disciplina se ha convertido en un parque de diversiones. Los cursos de entrenamiento para escoltas son, por lo general, espectaculares: Se dispara todo tipo de armas, a veces desde vehículos en movimiento o cargando al principal; se hacen maniobras corporales y motorizadas de toda clase; hay choques y, a veces, hasta se queman vehículos; se dan “karatazos”, o bien se simulan rescates y escenas que ni Hollywood ha logrado recrear. La regla es simple: mientras más espectáculo más venta.

Por supuesto que todos disfrutamos mucho de estos eventos; sin embargo, la protección ejecutiva no es Disneyland para los agentes de seguridad, sino una profesión demasiado seria donde en todo momento se pone en juego la vida de los ejecutivos, los escoltas y ciudadanos en general.

Este tipo de capacitación no solo no es de mucha ayuda en la operación, ya que las medidas ahí enseñadas tienen una eficacia en condiciones reales del 5 % solamente, sino también parcialmente dañino, ya que en muchas ocasiones lleva al fracaso. Esto, antes que nada, por favorecer un enfoque reactivo al reducir la estrategia a solamente estar esperando una emboscada para reaccionar, en donde las probabilidades de los protectores son mínimas o nulas.

Por otro lado, el “parque de diversiones” se convierte en la respuesta única ante todo tipo de situaciones, lo que ha generado grandes daños y también ha cobrado vidas. El famoso escolta de la cantante Lucero sacó su arma contra los periodistas, generando un gran escándalo. Fue “crucificado” en los medios de comunicación, pero no toda la culpa fue de él. Si le fue enseñado que su única herramienta es el arma, sin enseñarle otros métodos, lo único que utilizará ante cualquier tipo de situación adversa es el arma.

El chofer armado de Adolfo Lagos mató involuntariamente a su protegido al defenderlo de un asalto, al disparar mientras manejaba. Esta acción sale muy bien en el “parque de diversiones”, pero, en la vida real, resultó trágico. Algo semejante ocurrió durante el asalto al escolta de Sergio “Checo” Pérez, donde un protector resultó gravemente herido.

Con esta capacitación, el hacer espectáculo en la vida real se vuelve algo aspiracional para el protector, quien a veces busca y hasta provoca este tipo de eventos para que se llegue a la situación con la que fantasea durante la capacitación, solamente que, en la realidad, el género de la película cambia de un exitoso thriller a una gran tragedia.

Por supuesto que no quiero decir que este tipo de entrenamiento no sirve, o que no debe ser implementado. Está claro que el protector debe de conocer las medidas reactivas de la misma manera que un piloto practica cómo lidiar con varias emergencias en un simulador. El gran problema es que la protección ejecutiva no son ni deben ser las emergencias, sino más bien cómo evitarlas.

Es por esto que la capacitación en protección ejecutiva debe ser dominada por la regla 45-45-10; es decir, 45 % del tiempo de capacitación debe ser enfocado a dominar los conocimientos y habilidades que se utilizan en el trabajo diario de un protector, otro 45 % debe ser enfocado en dominar las estrategias y prácticas que nos permiten evitar las situaciones de riesgo, mientras que el 10 % restantes se debe enfocar en manejar las emergencias. Solamente así podemos lograr una profesión más segura tanto para los ejecutivos como para los protectores.