Agentes armados en la protección ejecutiva, ¿reducen o elevan el riesgo?

Nota: Para determinar la necesidad del uso de cualquier herramienta en la protección ejecutiva, se requiere un estudio previo. Aquí solamente discutimos un ejemplo hipotético, cuyas características se repiten con frecuencia en nuestras ciudades latinoamericanas.

Solicitar agentes armados en los servicios de protección ejecutiva es algo que ocurre por default, y muchas empresas internacionales, por sus políticas, solicitan esta herramienta sin un estudio previo y sin darse cuenta de que, en muchas ocasiones, estas políticas elevan los riesgos en lugar de reducirlos.

Discutiremos el ejemplo hipotético, pero frecuente en la realidad, de un ejecutivo de una empresa internacional que trabaja en la Ciudad de México y que no tiene amenazas directas conocidas.

Tenemos dos tipos de ataques que el ejecutivo puede sufrir: planeados y ocasionales. Los planeados son atentados o secuestros por parte de un grupo delictivo más o menos organizado, mientras que los ocasionales son delitos cometidos por malhechores comunes quienes perciben una oportunidad en el momento.

En el caso de un ataque planeado por parte de un grupo delictivo organizado, la efectividad del agente armado sería poca o nula. Los ataques ocurridos en México, durante los últimos años, demuestran que los delincuentes pueden conseguir una gran cantidad de armas de alto poder a precios muy accesibles para ellos, y en poco tiempo. Ante tal poder de fuego, una pistola, con la que generalmente cuentan los agentes, es prácticamente inútil.

A esto le podemos añadir los riesgos del “efecto Harfuch”, o sea, el impulso bajo súper estrés que tienen los agentes de protección de responder al fuego, aun estando dentro del vehículo blindado, lo que resulta grave para todos los ocupantes.

Si el protector se encuentra armado en un vehículo sin blindar, la situación es todavía peor, ya que, si ante un robo de vehículo con violencia, muy frecuente en nuestras ciudades, el protector trata de emplear su arma para frustrar la agresión, pondrá al ejecutivo en medio de un tiroteo, en donde pude perder la vida en cualquier momento. Durante el último año, solamente en México, y en diferentes incidentes de este tipo, murió un ejecutivo, un escolta y otros cuatro resultaron heridos.

 Tenemos una situación semejante, en el caso de los asaltos, cuando el ejecutivo se traslada a pie. Los ejecutivos se mueven generalmente dentro de zonas concurridas, de alto poder económico, y en donde el riesgo de asalto es muy alto. En caso de que el delincuente, por cualquier razón, no se vea disuadido por la presencia del escolta y proceda a asaltar al ejecutivo, y si el escolta intentara frustrar la agresión con su arma, existe una elevada probabilidad de que, por los efectos fisiológicos del “súper estrés”, no dé en blanco, por muy entrenado que esté, y que, además, impacte al ejecutivo, a alguien de su comitiva o a cualquier otra persona que se encuentre ahí. A su vez, esta acción desataría una balacera con posibles consecuencias fatales.

 Esto lamentablemente ya ocurre con frecuencia en México. El caso más sonado fue el asesinato involuntario del empresario mexicano Adolfo Lagos por parte de sus escoltas, al defenderlo de un asalto en el 2017. 

Podemos ver que en estas situaciones los agentes armados elevan los riesgos en lugar de reducirlos, ya que el riesgo de perder un vehículo, una cartera o un reloj se convierte en el riesgo de perder la vida o de quedar seriamente herido. También, si algo así ocurriera en las concurridas zonas de nuestra operación, el daño en la imagen que sufriría la empresa y la marca sería muy grave.

A todo esto, podemos sumar problemas menores, como retrasos y molestias que puede tener el ejecutivo en una revisión fortuita si su vehículo es detenido por las autoridades cuando los escoltas vayan armados. También los escoltas no podrían acompañar al ejecutivo a ciertas instalaciones en donde no es permitido entrar con armas.

 

Así podemos ver que las armas de fuego en este hipotético pero muy frecuente caso no aportan ningún beneficio y pueden generar graves problemas para la vida e integridad física de los ejecutivos, sus familias y los ciudadanos, así como posibles daños incalculables tanto para la imagen del ejecutivo y para su empresa, sin mencionar los problemas legales que de esto se derivan.

 A todo esto, es importante agregar que el estudio que realizamos sobre la efectividad del arma de fuego en la protección ejecutiva refiere que su eficacia en condiciones reales es apenas del 4.13 %. Por esto es muy importante entender que el ejecutivo no está protegido por una persona con o sin arma, sino por un sistema de varios elementos. Los ataques planeados, por peligrosos que sean, deben ser detectados en su fase de preparación mediante contravigilancia y/o alerta temprana mucho antes de que la agresión caiga sobre el ejecutivo.

El riesgo de asaltos se minimiza de tres formas: Actividades de alerta temprana, logística protectora que reduce la exposición y la disuación que realiza el agente de protección de cerca.

De esta forma, podemos reducir los riesgos a un nivel óptimo sin generar otros riesgos graves potenciales que representan los agentes armados en este ejemplo.

 Una vez más es importante destacar que no queremos decir que las armas de fuego no sirvan en la protección ejecutiva, al contrario, hay casos específicos en donde su implementación es necesaria e inevitable. Lo que queremos destacar es que no podemos implementar el arma de fuego por default en cualquier servicio, ya que, en muchas ocasiones, como en la descrita, las armas elevan los riesgos en lugar de reducirlos. Para decidir si van a usarse las armas o no, de qué tipo y bajo cuáles procedimientos, se requiere un estudio de seguridad detallado que genere la base para una operación adecuada.

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Ivan Ivanovich
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